lunes, 16 de enero de 2017

Y qué con mi obsesión con el reguetón

Uno de los últimos días que Rojo y yo estuvimos bien, o más bien: que estuvimos en los últimos destellos de la ilusión de estar bien, prendimos la televisión para poner videos de YouTube mientras cocinábamos. Era viernes. Elegí un video de Hercules & Love Affair y comencé a bailar. Rojo hizo un boomerang con mi celular de mí bailando y luego lo subí a Instagram. Terminó mi turno y él, esperando mi sorpresa, eligió a J Balvin. Yo ya sabía que desde hace unas semanas Rojo había agarrado una extraña obsesión con J Balvin pero aún así no dejó de sorprenderme. En nuestros casi ocho años de relación, seis de novios y dos viviendo juntos, era la primera vez que se le antojaba J Balvin en voz alta. Pasó de elegir videos de Pink Floyd o Phantogram para de la nada querer bailar. Aunque Rojo no bailaba. 
Creo que en ese momento fui feliz porque me sonrió como él solía hacerlo: de forma rápida y en silencio. Y ahí lo entendí. Estábamos cambiando. Habíamos cambiado. Nos vimos crecer, llorar, amar, odiar y también nos vimos cansados, en estrés y confundidos. 
Nuestros días estaban contados. Los dos cargábamos ya la solución que venía: nos íbamos a separar y no nos quedaba más que ver en el futuro un sonido ridículo, un beat centroamericano que carecía de sentido y sólo nos invitaba a bailar mientras llorábamos. 
Durante los días siguientes que estuvieron llenos de tristeza, rencor y aceptación de que Rojo no se iba a casar conmigo, de preguntarme qué iba a hacer con ese vestido y de confirmarle a mis amigos cercanos que nuestros planes para el 30 de diciembre estaban cancelados, escuché tanto reguetón como pude. 
Siempre que sentía el ataque del llanto lo ponía y pensaba en la ironía de la Alejandra actual con la Alejandra de 21 años que se encontró a Rojo en la boda de su primo y dijo: ay yo no bailo eso. Esa Alejandra actual, la que escuchaba reguetón en el metro y terminaba llorando o la que con LSD encima duró despierta toda una noche pensando en cómo el reguetón se parecía a los cánticos juglares de la Edad Media, esa Alejandra era mi salida. 
Y también mi aprender a dejar ir, a quedarme con lo más bonito que hasta ahora me pasó en mi corta vida. Aprender a quererme de nuevo, a perdonarme a mí misma y tener la esperanza de que volveré a amar como amé a Rojo. Porque las cosas cambian, la gente cambia. Porque aprendemos a quitarnos prejuicios y a sonreír y bailar aunque nos esté llevando la chingada.
Luego de más dos meses de estar sola, de no haber visto a Rojo, de no saber en qué parte de la ciudad está o si quiera recordar su celular, sigo bailando y llorando (a veces al mismo tiempo) pero me quedo con esa pequeña silver linning que muy pocas veces me puede dar otra cosa que no sea Borro Cassette de Maluma o Tranquila de J Balvin. Supongo que cada quien sabe cómo combatir sus demonios, a mí me tocó así, en parte por el mismo Rojo y su última sonrisa y en parte porque me gusta ser otra.

4 comentarios:

Dani dijo...

Gracias por compartir este pedacito de historia con nosotros. Ánimo y seguí llorando y bailando al mismo tiempo, llenate de buenas lecturas que te mimen el alma y comé muchas cosas ricas.
:)
Todo pasa.
Un beso enorme.

Anónimo dijo...

Llegué a tu texto por casualidad... es increíble lo mucho que puedes identificarte con una historia, que, aunque sea muy distinta a la tuya, tiene puntos y aristas que te provocan sentirte la protagonista.

Reviví el momento en el que Pax y yo supimos que ya no estaríamos juntos, un día así sin más, justo en una de las mejores etapas de la relación, y entonces lloramos juntos, sentados en 'nuestra' banca en Reforma, mientras recordábamos anécdotas que nos habían hecho felices meses o años atrás.

Gracias, porque aunque no me conoces, me has ayudado a sonreír y llorar también un poco, recordando, y entonces poder seguir en este proceso de dejarlo ir...

Oralia T. dijo...

Hola corazón, gracias por compartirnos este destello de lo que fue y de lo que dejó de ser. Un abrazo gigante.

Alegría Buendía dijo...

No se vuelve a amar igual Ale. Siempre queda un fantasma que se aparece de vez en cuando al comprar una nieve, al pasear por el parque, al mirar algún libro en la vitrina... Pero se supera.
Pasas por momentos de autodestrucción, de tristeza, de creer que ya por fin lo superaste pero al mismo tiempo no ver la salida a dejar de sentirte como te sientes, de incredulidad de que lo que habías visualizado como tu futuro ya no lo es, y por momentos te parece que jamás volverás a vivir algo así.. y efectivamente no lo vuelves a vivir porque al final ni siquieras estabas viviendo lo que al principio vivieron porque ya son dos personas distintas a lo que eran y quieres regresar el tiempo... o adelantarlo, pero no vivir ya aquí en el presente donde duele y pesa... todo se vuelve un paliativo.. Es como una muerte, nunca lo olvidas ni deja de doler un poco pero lo superas y vives tu vida.
Vienen nuevas experiencias , nuevas etapas, el lienzo en blanco que antes atemorizaba porque más que lienzo se antojaba abismo se convierte en un mundo de posibilidades . Mucho ánimo Ale, citando a Gloria Gaynor "you will survive" y verás que en un tiempo , volverás a amar, probablemente de una forma distinta pero porque tú misma eres distinta ya.

Tus últimas palabras

“Tendré que mandar mi ropa a la lavandería”   Fue lo último que dijiste antes de cerrar la puerta.