lunes, 30 de enero de 2017

Mi hogar eras tú.

Si el hogar está dónde está el corazón
entonces
Qué hago con este hogar a oscuras
a medio operar
en espera de un milagro
conectado al respirador
con cita a las 3:00
despidiéndose de sus seres queridos
escribiendo sus últimas palabras
con una bucket list incompleta
este hogar
con deudas en servicios
intereses por retraso
focos quebrados
y colchones sucios.
Este hogar
que es mi corazón
Este hogar que ya no es tu corazón.




viernes, 27 de enero de 2017

El corazón quiere lo que quiere.


«Es más fácil vivir a través de alguien más 
que convertirte en una persona completa tú misma».

Betty Friedan

Una de las conversaciones que más he tenido con mis más íntimas amigas sobre mi rompimiento es aquella que va con el tema de "la culpa". Al principio, mis palabras siempre terminaban con el "¿qué hice yo para que él se fuera como si nada?". Esta premisa que es horriblemente no feminista, lo sé, i'm working on that, parte de la idea de que yo como mujer, pareja, lo que sea, no pude darle lo que él necesitaba para estar conmigo. Fui insuficiente. 
Dice Toni Morrison que cuando tenemos una relación normalmente "tú piensas que si él no te ama entonces tú no vales nada. Piensas que si él ya no te quiere él tiene razón, crees que su opinión sobre ti debe ser correcta. Piensas que si él te desecha es porque eres basura" pero no es cierto. No es cierto. Las relaciones son de dos.
Aprender a estar sola y escucharme me ha ayudado, no sólo a quererme más y aceptar las decisiones de los demás, sino también a entender que soy una mujer entera. Aplausos para mis lecturas feministas que han sido pieza importante para regular mi autoestima. Sin embargo, esto no ha sido fácil. Nunca es fácil el rechazo y sobre todo recordar que ese rechazo es parte de las decisiones que tú tomaste en cierto momento. 
Leía mis diarios de hace dos años, mis poemas y mis entradas de blogs y me daba cuenta que no estaba bien. Que resistir y continuar una relación ya quebrada era una mala decisión. Entonces, me sentía victima de mis decisiones, de mis malas decisiones, y me daba una ansiedad extraña que me llenaba de culpa. Por qué hice esto, por qué hice aquello, porque no le hice caso a mi madre, por qué le creí, por qué me ilusioné, por qué. Y así podía durar horas. Días. 

Y aquí es donde quería llegar, hace unos días preguntaba en Twitter cómo se perdona uno. 




Y obtuve respuestas muy bonitas:







Debo ser capaz de perdonarme. Todos nos equivocamos. Debo perdonar a la Alejandra de hace dos años, la de hace tres, la de hace cinco y así hasta que vuelva a reconciliarme conmigo misma. Quererme. Soltarme. Dejar de ser mi punching bag

Hay una canción de Selena Gomez que me gusta mucho. La escucho y pienso que uno a veces no puede decidir con certeza sobre el corazón y de eso no habría por qué sentirse culpable. Y una a veces tampoco se da cuenta que no está bien. Y ni pedo.

I know his heart, and I know what he wouldn’t do to hurt me. But I didn’t realize that feeling so confident, feeling so great about myself and then it just be completely shattered. By one thing. By something so stupid. But then you make me feel crazy, you make me feel like it’s my fault. I was in pain.




jueves, 19 de enero de 2017

No sé si llueve o lloro

Voy tratar de ser concisa en esta entrada. Lloro mucho. No he parado de llorar ni de verme llover. Y a veces me desespero más porque pienso que probablemente son mis hormonas y en realidad no quiero llorar, sino que esto es normal, tranquila, va a pasar. Pero no dejo de llorar. Pasan los meses y no dejo de llorar. Pensé que era mi SPM pero la verdad es que estoy tan triste, estresada y enojada que mi menstruación tuvo lástima de mí y se ha retrasado. Es que ya sería el colmo. Bueno, te decía que lloro mucho y Abril me recomendó que te escribiera cartas donde te dijera todo lo que quise decir en su momento. Cartas que empezarán con un "te odio un chingo" pero la verdad es que no te odio, sólo a veces, cuando veo el vestido y a mis gatos, que pobrecitos en las mañanas piensan que les voy a dar de comer como tú les dabas cuando te ibas. Entonces, eso. Pensé en escribirte cartas y reclamarte muchas cosas, preguntarte en qué momento dejaste de quererme o si de verdad en algún momento de nuestra relación dijiste: a huevo, ésta es, ésta es la morra de mi vida. Porque yo sí lo pensé. O sea, pensé que lo pensaste pero igual y no, no sé. No soy 100tifika. Y en las cartas también iría que te amé mucho y que te extraño pero que aún me pregunto si te extraño a ti o a lo que fue contigo lo que tuve en estos años. No sé entonces qué es exactamente lo que extraño, sólo sé que tengo un hueco gigante en mi pecho que no se llena. Lloro y lloro y no se llena. Nada lo llena. Ni los libros, los juegos, los besos, las cervezas. A veces, en el sinsentido de la vida, sólo lo llenan los gatos. Y porque también eran tuyos. O éramos suyos tú y yo y ese departamento en la Del Valle. A lo que voy es que yo debería estar escribiendo una reseña pero siempre termino escribiendo de ti porque de alguna forma debo sacar todo esto que traigo metido. Y lo más triste, Rojo, es que eras mi compañero de viaje. Y yo quería que fueras mi compañero de viaje pa' siempre. Mi sputnik pa' toda la vida. Pero no quisiste, me dijiste que no, que no. Ni pedo.

lunes, 16 de enero de 2017

Y qué con mi obsesión con el reguetón

Uno de los últimos días que Rojo y yo estuvimos bien, o más bien: que estuvimos en los últimos destellos de la ilusión de estar bien, prendimos la televisión para poner videos de YouTube mientras cocinábamos. Era viernes. Elegí un video de Hercules & Love Affair y comencé a bailar. Rojo hizo un boomerang con mi celular de mí bailando y luego lo subí a Instagram. Terminó mi turno y él, esperando mi sorpresa, eligió a J Balvin. Yo ya sabía que desde hace unas semanas Rojo había agarrado una extraña obsesión con J Balvin pero aún así no dejó de sorprenderme. En nuestros casi ocho años de relación, seis de novios y dos viviendo juntos, era la primera vez que se le antojaba J Balvin en voz alta. Pasó de elegir videos de Pink Floyd o Phantogram para de la nada querer bailar. Aunque Rojo no bailaba. 
Creo que en ese momento fui feliz porque me sonrió como él solía hacerlo: de forma rápida y en silencio. Y ahí lo entendí. Estábamos cambiando. Habíamos cambiado. Nos vimos crecer, llorar, amar, odiar y también nos vimos cansados, en estrés y confundidos. 
Nuestros días estaban contados. Los dos cargábamos ya la solución que venía: nos íbamos a separar y no nos quedaba más que ver en el futuro un sonido ridículo, un beat centroamericano que carecía de sentido y sólo nos invitaba a bailar mientras llorábamos. 
Durante los días siguientes que estuvieron llenos de tristeza, rencor y aceptación de que Rojo no se iba a casar conmigo, de preguntarme qué iba a hacer con ese vestido y de confirmarle a mis amigos cercanos que nuestros planes para el 30 de diciembre estaban cancelados, escuché tanto reguetón como pude. 
Siempre que sentía el ataque del llanto lo ponía y pensaba en la ironía de la Alejandra actual con la Alejandra de 21 años que se encontró a Rojo en la boda de su primo y dijo: ay yo no bailo eso. Esa Alejandra actual, la que escuchaba reguetón en el metro y terminaba llorando o la que con LSD encima duró despierta toda una noche pensando en cómo el reguetón se parecía a los cánticos juglares de la Edad Media, esa Alejandra era mi salida. 
Y también mi aprender a dejar ir, a quedarme con lo más bonito que hasta ahora me pasó en mi corta vida. Aprender a quererme de nuevo, a perdonarme a mí misma y tener la esperanza de que volveré a amar como amé a Rojo. Porque las cosas cambian, la gente cambia. Porque aprendemos a quitarnos prejuicios y a sonreír y bailar aunque nos esté llevando la chingada.
Luego de más dos meses de estar sola, de no haber visto a Rojo, de no saber en qué parte de la ciudad está o si quiera recordar su celular, sigo bailando y llorando (a veces al mismo tiempo) pero me quedo con esa pequeña silver linning que muy pocas veces me puede dar otra cosa que no sea Borro Cassette de Maluma o Tranquila de J Balvin. Supongo que cada quien sabe cómo combatir sus demonios, a mí me tocó así, en parte por el mismo Rojo y su última sonrisa y en parte porque me gusta ser otra.

Euforia

Estoy en un estado poco constante que le llaman felicidad. No me quiero mover. Como cuando un gato te elige te observa y se sienta en t...