martes, 14 de febrero de 2017

Todos los días eran nuestros

Uno de los monólogos internos que más me gustaron de la protagonista de Todos los días son nuestros de Catalina Aguilar Mastretta es cuando se pregunta sobre La Cosa. Llamaba "La Cosa" a esa situación/hecho/actitud que hizo que terminara con su pareja, Emiliano. No pude evitar reírme porque siempre que terminamos una relación los amigos nos ven con carita triste y siempre viene la tan temida pregunta: ¿Por qué? ¿Cuál fue "La Cosa" que hizo que tan bonita relación se fuera al carajo? En la feria del libro de Guadalajara del año pasado, un escritor me preguntó por Rojo y pude ver con detenimiento esa carita triste en donde yo me reflejaba. Porque sí, no sabía por dónde comenzar y decir el por qué, el cómo, el qué. 

No fue más grande el pleito que la reconciliación. Es la suma lo que nos fue ganando.


Así como María, la protagonista, no sabe responderse, me pasa muy seguido a mí. Sobre todo cuando voy por la calle (normalmente es del metro Hidalgo a mi trabajo) y me pregunto sobre La Cosa. Para razones de síntesis siempre respondo a los conocidos que todo tuvo que ver con nuestro intento de matrimonio y el vestido, que sí, eso fue la gota que derramó el vaso, pero para mis razones y mis culpabilidades siempre termino dándole vueltas a mil cosas que terminan hablando de mí. No fui suficiente. Ni pareja, ni amante, ni mujer, ni compañera, ni nada. Y así es como termino odiando mi recorrido matutino o vespertino al metro. Y también odiándome a mí. 

Pero de hecho de eso no se trata este texto, sino más bien de cómo nos vamos enterando de la suma de cosas que nos separa del otre. Del que creíamos el amor de nuestra vida. Porque yo hasta octubre del 2016 sí lo creía. 

No me acuerdo en qué tiempo, pero en uno pasado, era el amor de mi vida, el viejo de mi vejez, el papá de los hijos que no tengo. Era el agua de mi propio aliento y la memoria que tiene mi piel -entre el cuello y el pecho- lo guardó tan cerca que puede sentir sus dedos recorriéndola.

Luego de hacer un registro o conteo o análisis de qué es lo que fue mermando mi relación pasada, también encontré que quizás yo debí ver señales antes de que todo colapsara y terminara viendo cómo mi ex guardaba sus cosas en la maleta. Y así fue que quise saber si yo era la única mensita que no notó esos pequeños detalles que eran luces rojas y me decían: CORRE ALE, ANTES DE QUE TE EMOCIONES MÁS. 


Y sí los encontré. Y fue muy extraño porque los encontré en mí misma. Encontrar estas pistas no fue nada sencillo, pero también me ayudó una columna del New York Times llamada: Aprender a respirar me ayudó a superar una ruptura amorosa. La verdad es que los últimos meses antes de la separación me veía terrible. No podía respirar. No podía dormir. Estaba deprimida. No tenía trabajo. No tenía nada. (Casi como ahora pero con una pareja que le importaba un comino). Creo que inconscientemente ya sabía que Rojo un día llegaría y me diría que no se quería casar conmigo. Habían sido dos años en donde el tema estaba sobre la mesa y, aunque él me lo había pedido, seguía dándole la vuelta. Además de eso, entre su trabajo y su maestría, parecía como si yo de repente me hubiera convertido en un estorbo. Era la morra sin trabajo que sólo hace videos por convivir. La morra que lo interrumpe en sus salidas con sus amigos. La morra que se preocupa por niñerías y feminismo. La noche que lo vi por última vez me declaró que aún tenía muchas cosas qué hacer por sí mismo y yo no estaba incluida. Y en ese enunciado me cayó el veinte de que yo ya lo sabía. Mi cuerpo, como dice el artículo, lo sospechaba desde hace meses. Mis tuits tristes, mi llanto, mi enojo feminazi, mi falta de concentración en los libros y ensayos, mi falta de escritura. Todo. Todo mi cuerpo lo sabía. Sabía que no se veía a futuro conmigo.

Estos detalles que fui encontrando poco a poco y que me fueron reconciliando conmigo misma también me han hecho entender qué es lo que amé de Rojo. Y qué es lo que me duele. Creo que nunca conoceré a una persona tan a detalle como a él o más bien creo que estoy cansada de conocer a una persona de esa forma. No sé.

Pero sí lo conozco, como si nunca se hubiera ido, porque me quiso tanto y fuimos tan del otro como ahora somos del espacio en el que nos olvidamos.

Nunca sabemos realmente qué nos depara en el futuro, nunca sabemos a dónde vamos o con quién queremos caminar. Pero definitivamente son las personas las que nos marcan las pautas de lo que sigue, aunque nosotros así no lo queramos. Esas personas que se van, esas personas que llegan. Quién sabe. Lo que sí sé es que "La cosa" poco a poco se va haciendo más borrosa, como si ya eso fuera lo que menos importara. Supongo que lo que importa ahora soy yo y nada más. 



* Todas las citas son de Todos los días son nuestros de Catalina Aguilar Mastretta. 

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