domingo, 29 de junio de 2008

El filosofo

En un mes helado y gris conocí a un filósofo. Atento y confiado (como aquel que entiende de poesía) Me dijo: “Su cuerpo está en blanco, tíñalo de vez en cuando”

No entendí (como usualmente no suelo entenderlos) En algún lugar de mi inestable cerebro me imaginé una majadería, un insulto, una manera grosera de referirse a mi cuerpo, como un lugar aburrido, intransitable. Un cuerpo nunca desvirginizado, sediento, y él, con su conocimiento intelectual sabelotodo, lo nota agonizante, deseoso y parco. Todo a la vez.

Esa tarde tomé mi cuerpo. Lo revisé, lo examiné, y nada. Seguía lánguido y moreno, sí, pero no blanco. Suturé heridas y viaje a otros cuerpos. Nada. Mi cuerpo en su color quemado estaba en blanco, a pesar de las experiencias, los roces, los orgasmos inventados y esos traspiés de soledad y agonía.

Finalmente, no pude contener las ganas de buscarlo. Para esa noche las preguntas en mi cabeza y esa inquietud me pedían buscar al filósofo, pedirle una explicación, (de esas que buscan las mujeres enamoradas) tomé mi cuerpo alborotado y salí a buscarlo.

Abrió la puerta, e inmediatamente dijo: Usted está equivocada. Me refiero a su cuerpo como punto de iluminación. Continuó – verá, que si me deja teñírselo un poco… -tomó mi mano y miró mi cuerpo con desencanto despiadado mientras desvestía cada parte blanca y luminosa. Y la puerta ya estaba cerrada.

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Tus últimas palabras

“Tendré que mandar mi ropa a la lavandería”   Fue lo último que dijiste antes de cerrar la puerta.